domingo, 3 de julio de 2016

ESCULTURA FUNERARIA (X)

Tres sepulcros relacionados.
2. El sepulcro del Obispo don Luis de Acuña (Catedral de Burgos).

“Reinando en Castilla don Juan el II vivía en el reino don Luis Osorio de Acuña caballero principal, cuales son los de estas dos familias. Tuvo en una doncella noble á don Diego Osorio y á don Antonio de Acuña. Fue don Luis obispo de Segovia y después de Burgos, donde murió y está en particular capilla honrosamente sepultado”
[Fray Prudencio de Sandoval, “Historia del Emperador Carlos V”, inicios s. XVII]

Hace ya algunos años escribía Mª José Redondo Cantera en su magnífico libro sobre la escultura funeraria en España en el siglo XVI: “El extraordinario desarrollo que alcanza en el Renacimiento la costumbre de indicar la sepultura de un determinado fiel a través de la colocación de un sepulcro se debe no sólo a razones de índole social …, religiosa …, económica …, política …, o artística …, sino también, y quizás sea el motivo más importante, por una corriente de pensamiento que se orienta a ensalzar al individuo, …”, y añadía la historiadora que el Renacimiento favoreció el cultivo del arte sepulcral como instrumento al servicio de la exaltación del hombre no tan sólo por su comportamiento religioso sino por su contribución al ámbito político, militar o de las artes o las letras. 
Don Luis de Acuña había dejado dicho en su testamento: “El cual cuerpo mando que sea sepultado en mi capilla delante del altar y, porque no sé si nuestro Señor me dexará haser mi sepultura, porque éstas [cosas] más son viento del mundo que provecho del ánima, mando que no hagan sino una piedra en que esté figurado mi bulto y sea tan alto como un palmo y no más; y esto por que, cuando salieren sobre mi huesa, sepan dó está mi cuerpo” [L. 39/2, ff. 448r-451v, Archivo de la Catedral], y así debió de ser en 1495 cuando murió don Luis; pero casi un cuarto de siglo después, en 1519, Juan Monte -familiar del obispo y tesorero de la iglesia catedral-, concertó con Diego de Siloe, al regreso de este de Italia, la realización del sepulcro que ahora vemos en el centro de la capilla funeraria del obispo.
El día 17 de abril de 1477, a petición de don Luis de Acuña, el cabildo de la catedral de Burgos le había concedido el sitio que estaba detrás de las capillas de Santa Ana y San Antolín para que edificase, a su costa, una capilla para su enterramiento. Señala Manuel Martínez Sanz que en 1488 estaba ya concluida “só invocación de la Santa Concepcion”; a comienzos de 1492, Gil de Siloé terminaba el retablo que la presidiría.
No es frecuente disponer del contrato bajo el que se realizó una obra a comienzos del siglo XVI, pero dado que no es este el caso trataremos de seguirle. Dice así: Este día [2 de julio de 1519] el tesorero Juan Monte Capellan mayor del M.R. señor Don Luis de Acuña, é Diego Sylue imaginario vecino de Burgos, se concertaron que el dicho Diego Sylue aya de facer, é faga una sepultura de alabastro, para el dicho muy reverendo señor Obispo Don Luis de Acuña de buena memoria; que tenga la dicha sepultura de alto sin el bulto dos palmos; é mas debajo destos dos palmos ha de aber otro palmo poco mas ó menos, de piedra de Atapuerca;…”.
“… ha de tener de ancho la dicha sepultura cinco palmos é de luengo honce palmos; …”. Señala Mª José Redondo Cantera que “la cama sepulcral del obispo Acuña se halla mucho más próxima al sepulcro de Sixto IV que lo que lo estuvieron los sepulcros de Fancelli. En el monumento burgalés, al igual que en el Vaticano, predomina la concepción horizontal, con una cama de muy poca altura. Siloe, además, conservó las paredes cóncavas del sepulcro papal, que Fancelli había sustituido por planos rectos en el cuerpo principal”.
“ … ha de tener en los cuatro cantones della en cada uno una crampa de Leon con su follage… “. Las garras de león que decoran las esquinas se rematan en la parte superior en una voluta cubierta por las hojas de acanto en que también se transforman las patas del animal. El motivo parece derivar de una estilización del león alado que montaba guardia en las esquinas de algunos sepulcros; su presencia en el siglo XVI será frecuente en los monumentos funerarios relacionados con la escuela burgalesa.
“ … hand e ir mas cuatro escudos de armas con sus capellos donde se ordenare que vayan …”. El centro de las paredes de la urna se decora con el blasón del obispo sostenido por grifos alados en las laterales y sin ellos en los testeros; si bien en el escudo del retablo los escusones figuran cargados con cinco bezantes de plata en los del sepulcro tan solo aparecen cuatro. Los Acuña eran de origen portugués –la madre de don Luis era doña María Manuel, biznieta del infante don Juan Manuel, hijo de Fernando III el Santo, y que casaría en segundas nupcias con García Sarmiento- y ello se refleja en su blasón; era también Osorio por parte de su padre Juan Álvarez Osorio señor de Villastugo en cuyo escudo dorado “corren apriesa dos lobos”.
“ … ha de aber á la redonda de la dicha sepultura las siete virtudes …”. Al igual que en la cama sepulcral de Sixto IV los laterales del monumento funerario de Luis de Acuña presentan una distribución de tres relieves por costado en los que a diferencia de en el mausoleo papal en el que se representa a las Artes Liberales en el diseñado por Diego de Siloe figuran esculpidas las siete Virtudes -personificadas mediante alegorías femeninas- y una Sibila.  Señala Réau que en la Antigüedad se denominaban “sibilas” “a todas las mujeres dotadas de dones proféticos, particularmente a las sacerdotisas de Apolo, tales como la pitonisa de Delfos que vaticinaban sobre el trípode. Esas profetisas debían ser vírgenes, como las vestales. De acuerdo con san Jerónimo, su don de profecía fue la recompensa de su virginidad”. En el sepulcro de Luis de Acuña la Sibila representada lleva entre sus manos una cartela donde se supone están escritas las profecías con las que anunciaron en la Antigüedad pagana la llegada del Mesías.
Sibila
En muy bajo relieve, también, se han representado las alegorías de las cuatro Virtudes Cardinales y las tres Teologales. En palabras de Gómez Moreno aparecen como “humildes mujeres sentadas en el suelo, vistas de perfil y hechas sumariamente, con descuido, sobre todo en las manos; pero sobresalen algo la Fortaleza y la Sibila por sus bellas cabezas, y la Caridad abrazando a un niño, con aquella ternura que Silóee expresaba en sus grupos maternales, como recordando a Donatello y más cerca de Rustici”.
Caridad
El tema de las Virtudes, escribe Louis Réau, tiene su origen en “una fuente literaria del siglo V, [y] se desarrolla primeramente en Francia, en la fachada de las iglesias románicas y góticas y pasa después a Italia, de donde el Renacimiento nos lo devuelve como motivo de la escultura funeraria”. Las Virtudes representadas en Italia en los sepulcros fueron fácilmente identificables mediante un pequeño número de claros atributos que se repitieron con pocas variantes; fueron estos: a la Caridad se la reconoce por los niños a los que acoge, a la Esperanza por ser representada como una mujer que alza sus manos hacia el cielo, la Fe aparece caracterizada por el cáliz, la cruz o los dos atributos, la Fortaleza con una columna quebrada entre sus manos recordatorio de la acción de Sansón, la Justicia con las tradicionales balanza y espada, la Prudencia con el espejo y la serpiente, y a la Templanza vertiendo el agua de una jarra en la copa con vino.
Esperanza
Se considera a veces que las tallas femeninas del sepulcro de Luis de Acuña estuvieron inspiradas por la "Sibila Líbica" de Miguel Ángel, e incluso el profesor Wethey llegó a sugerir que el autor de sus trazas pudo haber poseído algún dibujo de ella tomado cuando su reciente estancia en Italia.
Como de las alegorías de las Virtudes ya se ha hablado en otros post [ ver “Sepulcro de Juan II deCastilla e Isabel de Portugal” y “Mausoleo del príncipe Juan (Primera parte)” ] permítaseme una pequeña digresión acerca del obispo don Luis de Acuña y del “autor” de su sepulcro Diego de Siloe.
Hijo del escultor más importante de finales del siglo XV que trabajó en España, “maestre Gil imaginario”, aprendió el oficio con su padre; como era costumbre en la época al alcanzar una cierta madurez comenzó a trabajar –finales de 1504 o comienzos de 1505-, como “aprendiz adelantado” [“… como aprendiz e en otra manera …”] en distinto taller del paterno y que en este caso fue en el de un artista que surgía con fuerza en aquel momento, Felipe Bigarny. Diego firmó un contrato por 4 años que no llegaría a cumplir pues atraído por el arte que entonces se hacia en Italia, probablemente influido por Andrés de Nájera, y quizás ayudado por otro gran artista burgalés que ya lo había hecho antes –Bartolomé Ordoñez-, decidió marchar hacia aquel país.
Fe
Gil de Siloe murió en la primera decena del siglo XVI; tenía dos hijos, Diego y Juan, y dos hijas, Ana y María. A su fallecimiento, y dado que Diego prefería formarse en Italia, la continuidad del taller recayó en Juan, artista de al parecer no muy grandes dotes. Al regreso de Italia Diego se puso al frente del taller, y uno de los primeros trabajos que dirigió fue el del sepulcro de Luis de Acuña, aunque por su realización tan sólo puede atribuírsele las trazas del mausoleo y algunos detalles. Ya señalaba en 1941 Manuel Gómez Moreno “… obligándose a concluirlo en ocho meses y por precio de 200 ducados: bien poco podía pedírsele bajo estas condiciones”. La obra fue ejecutada más por Juan, y los otros “criados” del taller que por Diego (8 meses contados a partir de julio tenía de plazo para la realización del sepulcro); una vez obtenido el contrato para el monumento este “imaginario” estuvo ocupado sobre todo en la obtención y diseño de otros trabajos mayores como la “escalera dorada” para la catedral de Burgos que presentaría al obispo y cabildo el 4 de noviembre de 1519 (“Este día S.S.R [el Obispo] propuso sobre que quería tornar a facer la escalera en la puerta alta de la correría donde solía, la cual el había mandado quitar et que agora la quería facer conforme a una traza que mostró en el dicho Cabildo Diego Sylue imaginario en presencia de S.S. e de los dichos señores”. Reg.37, fol. 168; Martínez y Sanz]). Parece claro, por tanto, que si bien las trazas del sepulcro de don Luis de Acuña fueron realizadas por Diego de Siloe su ejecución se debió más a su hermano Juan y a los “criados” que constituían su taller (opinión ya expresada hace ya mucho tiempo por el profesor Miguel Ángel Zalama).
Fortaleza
Muy poco se sabe de los primeros veinticinco años de la vida de don Luis de Acuña y Osorio aparte del nombre de sus padres, doña María Manuel y don Juan Álvarez de Osorio, y de este se han tenido dudas. Cuando apenas contaba 27 años de edad, el 7-abril-1449, fue nombrado obispo de Segovia, si bien el Papa Nicolás V planteó algunas dificultades para su confirmación lo que quizás justifica que en los documentos de este tiempo aparece sólo como “administrador de la dicha iglesia e obispado de Segovia”; su actuación más importante en la ciudad fue la declaración de nulidad del matrimonio de Enrique IV con doña Blanca de Navarra por indicación del papado.
Justicia
El 4 de abril de 1457 tomó posesión del obispado de Burgos con gran solemnidad; en el folio 27r del Libro Registro –Archivo de la Catedral-, de este año se consigna “mil mrs. que partieron a los señores que venieron a la proçesión de la reçepçión del señor obispo”. Esta vez había sido el rey Enrique el que se había opuesto, tenía otro candidato, pero el cabildo logró sus objetivos satisfaciendo al rey de otro modo. Señala Nicolás López que “tenía treinta y tantos años y gustaba por entonces del boato”; así, la llegada a la ciudad la realizó con un séquito tan grande que fue necesario cederle las estancias que comunicaban el claustro nuevo de la catedral con el palacio para acoger a todos los que le acompañaban entre los que se encontraba su madre. Escribió también Nicolás López que don Luis “fue el amparo de muchísimos parientes. Lo fue por el sistema nepotista de pagar favores o conceder gracias en forma de beneficios”; este fue el caso con sus dos hermanastros por parte de madre, Antonio Sarmiento y Pedro Girón, aunque serían “turbamulta los parientes, allegados y servidores” que vivieron “pendientes de la generosidad de Acuña”.
Prudencia
Quien conozca, siquiera someramente, el ambiente del siglo XV no encontrará extraña ni escandalosa la cuestión, máxime si tiene en cuenta que don Luis fue, como tantos segundones, destinado por su familia a la carrera eclesiástica –considerada precisamente como carrera- y que se vio encumbrado y con dinero cuando aún era demasiado joven. Su conducta ejemplar durante tantos años en Burgos, su modo de comportarse con sentido altísimo de la dignidad sacerdotal y, aún más, su verdadera obsesión por la reforma del clero en términos de absoluta sinceridad… “ apunta además Nicolás López Martínez “nos autorizan a pensar que don Luis tuvo una clara vocación de pastor de almas”. Tuvo don Luis en los años en que vivió prolongadamente en Valladolid, ya siendo obispo de Burgos, dos hijos naturales habidos “en una doncella noble” a los que el Papa Alejandro VI por bula del año 1493 les concedió dispensa en orden a poder participar en la herencia del obispo: “Didaco et Antonio, filiis suis, de ipso tamen etiam tunc episcopo burgensi et nobili soluta defectum natalium patientibus”. Don Diego, el mayor de los hijos, si bien fue de joven iniciado en los asuntos políticos, no llegaría a hacer carrera muy brillante; don Antonio Acuña –el menor de los vástagos-, destinado a la vida clerical, tuvo triste y notoria fama cuando ya era obispo de Zamora –moriría ajusticiado en las almenas del castillo de Simancas-, una “historia, mezquina y sublime al mismo tiempo” en palabras de Nicolás López (p.e. siendo ya clérigo solicitó la obtención de beneficios ante el cabildo de la catedral burgalesa hasta conseguir que este accediese si bien se le prohibió a don Antonio entrar en la catedral personalmente mientras su padre fuera el obispo).
Templanza
Prosigue el contrato: “ … han de ir labradas las molduras altas é bajas de la suerte que el debuxo lo muestra, que está firmado de los sobredichos: toda esta obra ha de ser del romano, y de baxo relievo ó de media talla …”.
“ … encima de todo esto ha de aber un bulto del señor Obispo tendido, vestido de Pontifical con báculo é mitra …”.
La labor de don Luis de Acuña como obispo de la ciudad de Burgos fue la de un gran patrono y promotor de las artes; su disposición fue la de estar presente siempre que fuera necesario en cualquier obra de la catedral. A pesar de que la economía burgalesa en los primeros años de su obispado fue bastante crítica se esforzó para que todo aquel que cobrase del cabildo tuviese un sueldo adecuado. En 1473 convocó el sínodo de Burgos en el que anunció el deseo de una amplia reforma del clero. Años antes, con la ayuda económica del Ayuntamiento, del cabildo y de diversas instituciones consiguió que Juan de Colonia terminase las agujas de las torres situadas en la fachada de la catedral – en la torre norte aparece su blasón y figura que se terminó en 1458- , y que años más tarde se construyese sobre el crucero, inicialmente a expensas del obispo, un espectacular cimborrio que desgraciadamente se derrumbó en 1539. Las puertas de madera de paso del transepto  a la zona alta del claustro, conocidas como las puertas de la procesión -realizadas por Gil de Siloe y su taller-, llevan las armas del obispo.
Mediado 1464 comienza a cuajarse el levantamiento contra el rey legal Enrique IV que algunas familias de la nobleza –entre las que estaban parientes de Acuña-, logran encabece su adolescente hermanastro el infante don Alfonso. El obispo se puso de su parte (salió a pelear por la causa del infante, así, p.e., sabemos por Alonso de Palencia –“Crónica de Enrique IV”-, que viniendo de Arévalo “cayó en una celada de la caballería del obispo de Palencia, …, peleó con los enemigos denodadamente, mató algunos y llevóse otros prisioneros”) y luego a su muerte continuó del lado de su hermana Isabel; pero una vez que esta decide casarse con el infante Fernando de Aragón –el futuro Fernando el Católico-, se acaba la amistad al permanecer fiel al bando portugués favorable a la “hija” de Enrique -Juana de Castilla, "la Beltraneja"-, e Isabel termina prescindiendo de él. Así, cuenta Diego de Varela en su “Memorial de diversas azañas” que estando en Madrigal una vez la reina se vio libre para casarse con el aragonés “dixo al obispo de Burgos que se podía ir donde le pluguiese, e ansí el obispo de Burgos se partió muy triste”, y Alonso de Palencia en su “Crónica” escribe que “la misma Princesa, no cabiendo en sí de gozo por la libertad recobrada, dijo al prelado de Burgos que se volviera desde allí adonde creyera conveniente. Al mismo tiempo entregó al arzobispo de Toledo las riendas de la mula en que ella cabalgaba. Entonces el de Burgos, vertiendo amargo llanto, se alejó con unos pocos igualmente afligidos”. Volvió Acuña a su fortaleza en Rabé de las Calzadas, próxima a Burgos -dada la peste y la anarquía desatada en la ciudad-, donde además tuvo que hacer vida de desterrado por las severas disposiciones de los Reyes Católicos, hasta 1479 en que firmada la paz con Portugal se dio carta general de perdón.
Don Luis nunca estuvo completamente apartado de la vida política, e incluso en este decenio llegó a tener la esperanza de alcanzar el cardenalato. No obstante sus esfuerzos se centraron sobre todo en apoyar la creación de hermandades para cooperar con la pacificación de las ciudades y luchar contra el aumento de los impuestos con que trataban de cargar al clero los nuevos nuncios pontificios o la corona. Pero hoy en día se le recuerda sobre todo por su capilla funeraria, por el retablo que la preside donde figuran él y su blasón en lugares destacados y por su sepulcro.
La figura del obispo con vestiduras pontificales y báculo en la mano descansa sobre el lecho en la parte superior del monumento apoyada su cabeza sobre dos almohadones. Dada la fecha en que se labra el sepulcro el bulto no trata de ser un retrato como a veces se dice; es más probable que la imagen del obispo que presenta el retablo que preside la capilla -realizado por el padre de los autores del sepulcro cuando don Luis aún vivía-, refleje la imagen en sus últimos años de vida con mayor veracidad. Rodea el lecho sobre el que descansa el yacente la siguiente inscripción: PROPTER VTRVMQVE LATVS PRAESVL LVDOVICVS ACVÑA, OSSORIO STIRPES. QVAS ADAMAVIT HABET. ANNO MCDXCV.
Y finaliza el contrato con las palabras:  “… é que el dicho tesorero Juan Monte aya de dar é pagar é de é pague al dicho Diego Sylue por la dicha sepultura, doscientos ducados de oro en esta manera; los cien ducados luego, é los otros cincuenta ducados cuando sea hecha la mitad de la obra é la otra mitad cuando sea acabada la dicha obra la cual ha de ser acabada de aquí á ocho meses primeros y siguientes etc.” [Archivo de la Catedral de Burgos Registro 39, folio 15]
El monumento sepulcral del obispo Luis de Acuña, al igual que el de Fancelli para el del príncipe don Juan, parece estar inspirado en el que realizara Antonio de Pollaiolo en Roma para el Papa Sixto IV. Diego de Siloe recién llegado de Italia mantuvo las paredes cóncavas del sepulcro papal en una estructura troncopiramidal en la que también conservó una concepción horizontal con un cuerpo de poca altura. Al igual que Pollaiolo dispuso “en los cuatro cantones della en cada uno una crampa de Leon con su follage” –unas garras de león terminadas en una voluta en la parte superior y unas hojas de acanto en la inferior-, y una composición de los relieves similar, si bien representó a las Virtudes en los testeros y en los laterales del cuerpo del sepulcro en lugar de en el plano horizontal de la cama como en el sepulcro papal.
Con la traza del sepulcro de don Luis de Acuña Diego de Siloe ejercería una gran influencia en su antiguo maestro, y posterior rival, Felipe Vigarny, quien utilizaría el mausoleo del obispo como modelo, transformándole a través de su personalidad, para el monumento funerario -en la misma catedral- del canónigo Gonzalo Díez de Lerma cuatro años después. De Juan de Siloe no se tiene ninguna obra documentada, por lo que quizás pueda servir lo que ahora vemos en el sepulcro como una idea de su saber hacer.
BIBLIOGRAFÍA.
2.- Sobre don Luis de Acuña y sobre su sepulcro:
Fundamentales.
-Nicolás López Martínez, “Don Luis de Acuña, el Cabildo de Burgos y la Reforma (1456-1495)”, Burgense 2, Burgos 1961.
-María José Redondo Cantera, “El sepulcro en España en el siglo XVI. Tipología e iconografía”, Madrid 1987.
Complementarios.
-Rodrigo Amador de los Ríos, "Burgos". En "España. Sus monumentos y artes. Su naturaleza e historia", Barcelona 1888.
-Manuel Gómez Moreno, “Las Águilas del Renacimiento español”, Madrid 1941.
-José Ignacio Hernández Redondo, “Diego de Siloe, aprendiz destacado en el taller de Felipe Bigarny”, Locvs Amoenvs 5, Barcelona 2001.
-Teófilo López Mata, “La catedral de Burgos”, Burgos 1958.
-Eugenio de Llaguno y Amírola, “Noticias de los arquitectos y arquitectura de España desde su restauración”, t. I, Madrid 1829.
-Émile Mâle, “L’art religieux de la fin du Moyen Âge en France (Etude sur l’iconographie du Moyen Âge et sur ses sources d’inspiration)”, Paris 1908.
-Manuel Martínez y Sanz, “Historia del templo Catedral de Burgos, escrita con arreglo à documentos de su archivo”, Burgos 1866 [ed. facsímil: Burgos 1997].
-Alonso de Palencia, “Crónica de Enrique IV”, t. I, Bibl. Aut. Esp., Madrid 1973.
-Louis Réau, “Iconografía del arte cristiano. Introducción general.”, Barcelona 2008.
-Louis Réau, “Iconografía del arte cristiano. Iconografía de la Biblia. Antiguo Testamento.”, Barcelona 2007.
-Fray Prudencio de Sandoval, “Historia del Emperador Carlos V”, (t. II, edic. Madrid 1846).
Miguel Ángel Zalama, “Diego y Juan de Siloe. Un dato para su biografía”, BSEAA t. 58, Valladolid 1992.

NOTAS.
-Diego de Siloe, según señaló Manuel Gómez Moreno en su libro “Las Águilas del Renacimiento español”, solía firmar como Siloee y le llamaban Sylue, Syloe, o Siloe (a veces se intercalaba una h delante de la e), “acreditando que se pronunciaba Silóe, no Siloé como algunos dicen ahora”.
-Gonzalo Fernández de Oviedo escribió a principios del siglo XVI “Algunos elogios y relaciones de personas y linajes”, del que tomo un texto publicado por Juan de Mata Carriazo en 1954 en la Rev. Arch. Bib. Mus., acerca de don Diego Osorio uno de los hijos del obispo don Luis de Acuña; dice así: “Don Diego, siendo mozo y galán, servía a una dama de la Reina católica, de quien andaba enamorado, y era una señora de grandes partes de calidad, hermosura y buena gracia. Estaban los Reyes Católicos en Sevilla, año de 1490, y una noche, a desora, las guardas del Rey encontraron en el alcázar  a este cavallero  y le prendieron a él y a un paje suyo que hallaron con una escala de cuerda en la capilla de la capa. Sabido al punto el caso por la Reina, que con gran vigilancia miraba por su casa y por la honra y fama de las damas que en ella tenía, muy enojada y colérica, mandó poner preso a don Diego, en la Torre del Oro, y que luego se confesase, porque avía de ser públicamente degollado, otro día. Y así luego se le notificó a don Diego, que se comenzó a disponer para morir. Y siendo mozo, que no tenía una cana, de la imaginación de la muerte y requisitos della se congojó tanto que amaneció cano en cabello y barba, sin tener un pelo negro. Con todo, en la averiguación que se hizo, jurídicamente no se halló indicio de culpa contra don Diego. … Por lo cual, convencida la Reina de la verdad, y a ruego de grandes señores y prelados, y principalmente porque intercedió por don Diego el príncipe don Juan, los Reyes le mandaron soltar libremente. Y él quedó viejo y cano deste suceso, que fue muy notorio y manifiesto en España”.

Créditos fotográficos:
-La fotografía relativa al sepulcro de Sixto IV realizado por Antonio Pollaiolo está tomada de Wikimedia Commons.



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